domingo, 17 de enero de 2016

CAPÍTULO 2.11: EL ESCAPARATE


Es 1 de enero de 2016 a apenas cinco minutos de la media noche, y mientras se escuchan algunos fuegos artificiales, pues la crisis ha hecho que los pirómanos sean más racionales con sus gastos, un extraño video se hace viral en las redes sociales.

Se trata de lo que parece, un busto del Comandante Panelo, que al son de cánticos del célebre trovador comunista, llora aceite. Es un ritual perturbador para la gran mayoría de los venezolanos, pero para el resto es una señal que los llena de esperanza. Como nunca se dijo donde estaba ubicada la misteriosa estatua, muchos de los seguidores más empedernidos del Comandante corrieron hacia las estatuas de Panelo, más cercanas a sus misiones vivienda, con un frasco para poder conseguir el preciado “aceite sagrado” que faltaba en los anaqueles de los abastos y supermercados. 

Otros en cambio, iban con expectativas aún mayores, de conseguir leche, huevos, papel higiénico, pañales o algún otro producto que brotara de los ojos de generoso “Comandante Milagroso”. No fueron multitudes las que rodearon las estatuas, pero sobraba la fe.

Pasaron las horas y los días y nada salía de los ojos de las estatuas. Paralelamente la gran mayoría de los detractores de Panelo, destrozaban el hermoso milagro con cuestionamientos y burlas. Uno de los cuestionamientos más curiosos, fue sobre el personaje que presidía aquella especie de liturgia pagana. No era otro sino Paul Manson, el roquero satanista venezolano, muy famoso en los ochenta, pero venido a menos. La gente atribuía el fraudulento milagro a alguna mala jugada que el “CABALLO LOCO”, la droga nacional, del momento.

El frío, las burlas, algunos reveladores videos de cómo se montan estos fraudes, las palabras de reconocidos líderes religiosos, advirtiendo sobre la idolatría y la apostasía y el silencio de Nicodemo y el #CapitanHallaca, respecto a este “milagro”, hicieron mella en la fe de los seguidores que aguardaban pacientes, las lágrimas de las estatuas. Entonces llegó la furia. Muchas de las estatuas fueron demolidas, apedreadas y vandalizadas.

Harold Pérez Alfaro es el nuevo Presidente de la Asamblea Nacional. Luego de una instalación a la sombra de los rumores e impugnaciones, entre insultos y descalificaciones por parte de los escasos 50 diputados del PUFS, el viejo dirigente, secretario del Partido Democrático (el Partido Blanco), resulto electo y ahora se dispone a hacer cambios, que ya se venían gestando, de manera espontánea, desde el mismo momento que los parlamentarios electos fueron juramentados.


Harold se presenta a las 8 de la mañana en la sede del “Palacio Federal Legislativo” conocido popularmente como el “capitolio” para supervisar los trabajos de limpieza y acondicionmiento:


Un par de hombres llevan en carretilla uno de los stands forrados con gigantografías de Panelo. Harold les sale al paso y estos le preguntan entre risas pero a la vez preocupados ¿Dónde ponemos esto?


-¡Que se lo lleven pa Sabaneta!- los hombres estallan en carcajadas –Que se lo lleven a las hijas o a las viudas. O si no para Miraflores.

El supervisor de los obreros, entre risas nerviosas, trata de calmar al personal que teme lo que les pueda pasar por participar en esta actividad “herética y sacrílega” por parte de los seguidores de Panelo.

-Señores, el jefe está jugando…

-¡No no no! ¡Esta vai$&% no es cementerio!- Harold voltea y ve la imagen digitalizada de Simón Bolivar, mandado a confeccionar por Panelo, partiendo supuestamente, del cráneo exhumado (o profanado) –Y ese Simón Bolivar de Cromañón… Ese fue un invento de este señor –señala a la gigantografía que va a lo lejos en la carretilla- ¡Una vaina loca! Me sacas eso de aquí también. Ese no es ningún Simón Bolivar.

-¿Y en los despachos los cuadros…

-¡No quiero ver un cuadro aquí que no sea el retrato clásico del Libertador!

-OK.

-No quiero ver a Panelo, ni a Nicodemo, ni al Bolivar Cromañón de Paneluá. Llévense esa vai”#! pa Miraflores, o se lo dan al aseo, yo no tengo que ver con esa vaina ¡Pero aquí nada!


Los dos supervisores se ven las caras y uno de ellos, el más joven, le pregunta al otro con inquietud:

-¿Y de donde vamos a sacar esos cuadros “clásicos de Bolívar” si entre Doña Celia y el #CapitanHallaca mandaron a quitar y a botar todo eso para poner estos?

 

-¡Psss! Nohombre, esos cuadros están arrumados allí en el depósito de San Martín ¿Dónde crees tú que vamos a llevar estas verg/&%$ que estamos quitando? Yo lo dije cuando quitamos los cuadros viejos, el escudo viejo y las banderas viejas: “No podemos volvernos locos botando nada, porque no sabemos qué puede pasar”.


El diputado y jefe de fracción del PUFS, Hermes Rodríguez, llega horrorizado al Capitolio, con su librito en la mando y se para al lado de Harlod. Hojeando las páginas del librito frenéticamente le advierte al presidente del parlamento:

-¡Harold eso que está haciendo usted va en contra del reglamento de “Interior y de Debate”.


-¿Ah siiii? ¿Y donde dice eso?

-Lo estoy buscando. Pero de que va en contra va en contra ¡Esto es un abuso!

-Mira muchacho el zipote. Abuso es haber metido estos mamarrachos aquí. El congreso de la república no es la galería personal de ningún presidente. Ni José Tadeo Monagas que fusiló el congreso el 24 de enero de 1848, puso su foto ni su estatua aquí. Así que me haces el favor, cuando consigas en ese librito que lo que yo estoy haciendo es ilegal, hablamos.

Furioso pero cabizbajo, como la niñita del jamón plumrose, el parlamentario se retira, pero el ánimo le regresa al escuchar a lo lejos los gritos del parlamentario Carroñito, que amenaza de todas las formas habidas y por haber a los empleados que retiran los afiches, stands y estatuas de Panelo y el Bolívar de Neandertal.

Carroñito y Hermes (con más ánimos) van hacia Harold:

-Mire señor Harold, déjeme decirle algo. Esto que usted está haciendo va contra el artículo 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9 y 10 de la Ley del Patrimonio Público Nacional, toda vez que usted está, disponiendo de manera innnlegal de Bienes Nacionales- advierte Carroñito.

-Pero es que yo no estoy saliendo de Bienes Nacionales. Yo estoy saliendo es de los males…

-Mire Harold, no se haga el cómico conmigo, que yo soy un hombre muy serio.

-No me cabe duda.

-Estos son Bienes Nacionales.

-A ver. Usted que es un hombre docto en la ley. Dígame qué clase de bien es este mamotreto- señala Harold uno de los stands que traen dos obreros en carretilla.

-¡Es evidente doctor! Díle ahí Hermes, hasta tú que eres mi pupilo, ya debes saber.

Hermes observa detenidamente el stand y dice:

-Este es un bien, mueble. No es inmueble porque no es una casa, ni es semoviente porque no es un vehículo. Aunque montado en la carretilla, me entra la duda.


Un diputado de la bancada opositora que presencia todo aquello y escucha la explicación de Hermes y se lleva la mano al rostro.

-OK. Carricito- dice Harold –Ustedes,- señala Harold a los obreros de la carretilla- Acuéstenme ese mamotreto allí- los obreros desatan el stand y lo colocan en el piso –Vaya Hermes, acuéstese allí.

Hermes con ciertas dudas y a tientas se sienta en el stand, haciendo que la lona de la gigantografía, que tenía ya varios años llevando agua y sol, colapsara haciendo que este cayera de nalgas dentro, destruyendo el stand, ante las risas ahogadas de los obreros y los periodistas presentes.

-Caramba Carroñito, tenemos un caso grave para la comisión de contraloría. Parece que la administración anterior, compró unas camas y apenas te sientas en ellas, se desbaratan.

Carroñito, furioso, recoge al adolorído Hermes y se lo lleva, no sin antes advertir “¡Esto no se va a quedar así!”

Pasados unos minutos los obreros no vuelven y todavía faltan por sacar media docena stands con fotos de Panelo y del Bolívar de Cromañón. Uno de los trabajadores, casualmente un supervisor, entra al jardín del Palacio y Harold, parado allí lo observa venir contento con una pequeña bolsa llena de lo que parecen ser tomates.

-¿Qué paso? ¡Vamos a terminar esto aquí que la sesión está por comenzar!


-No, bueno jefe es que allá afuera está un colectivo del PUFS cayéndole a tomatazos a los diputados, pero cuando vimos que eran tomates de los redondos y ¡BUENOS! ¡Empezamos a recogerlos!


-¡Pa vé!- exige Harold Pérez Alfaro. El supervisor cortésmente se acerca y le muestra el botín. Harold observa los tomates -¡Pero bueno esta gente si es miserable! ¡Hay hambre en las colas! ¡Un kilo de tomates está ochocientos bolos! ¡Nadie me lo ha contado! ¡Yo mismo fui a Quinta Crespo antes de venir para acá! Y esta gente se pone a lanzarlos.

-Jefe, lo difícil es atajarlos en el aire para que no se rompan en el suelo. Mire más tarde van a lanzar cebollas y rumoran que van a lanzar pollo congelado y huevos. Si quiere vuelvo y le traigo una bolsita- responde emocionado el obrero.

-No, no, no. Vaya y guarde eso y se trae al resto del grupo que todavía falta por terminar. Me pones a los dos de la carretilla a retirar esto, y los demás se vienen conmigo al salón tríptico, que vi una cosa rara ahí.


El trabajador cambia el rostro de entusiasmo a preocupación. Guarda la bolsa de tomates y le pide a Harold acompañarlo a aquel salón, para tener unas palabras con el nuevo jefe. El trabajador abre las puertas del Salón Tríptico. El salón está a oscuras, sólo la luz del sol que entra del patio, ilumina el lugar que está en penumbras. Harold entra cómodamente, la oscuridad no le impide transitar y notar, que entre el mobiliario hay uno que no encaja:

- Conozco este edificio y sus salones mejor que mi propia casa, y este escaparate barroco, no es de aquí ¿Qué hace esto aquí? ¡Me sacan esto de aquí ahora mismo!

-Mire doctor Harold, a mí me da mucha pena con usted, pero yo hablé con los demás muchachos. Y sinceramente, sin que me quede nada por dentro, es mejor que usted nos bote y nos arregle nuestro tiempo, porque ninguno aquí, le va a sacar a usted, esto de aquí.

-¿Cómo es la cosa?- El eco del salón, hace que la pregunta se escuche por todo el palacio y varios curiosos se asomaron a ver, qué iba a pasar con el misterioso escaparate.

El trabajador se quedó parado allí en la entrada del salón, a un costado del portón, mientras Harold, visiblemente molesto, trataba de sacarle al hombre la verdad de ese mueble y sobre lo que habría adentro, que tanto miedo causaba, al punto que los trabajadores estaban dispuestos a perder sus trabajos.

El mueble de caoba estaba cerrado con un enorme candado.

-Por lo menos ayúdame a abrir esto. Si es posible píqueme ese candado y si alguien viene poray reclamando, le dice que hable conmigo. Que yo lo mandé ¡Voy a ver qué es lo que es!
El hombre se va y a los pocos minutos, aparece acompañado de dos guardias nacionales. Uno de ellos lleva consigo una cizalla cortadora de cadenas.

-Nosotros no tenemos llave de eso, ni herramientas para picar ese candado, así que aquí están el Sargento García y el Cabo Reyes que van a usar la piqueta-, el obrero da unos pasos atrás.

-Por favor- pide Harold.

Los dos Guardias pican el candado rápidamente, pero se retiran a paso veloz. Nadie quiere estar presente para ver lo que hay dentro.

Cuando Harold abre las viejas y pesadas puertas del escaparate, este no puede creer lo que está viendo. Una brisa fría cierra los portones de acceso al salón  al tiempo que se escuchan los gritos de una mujer, los aullidos de un perro y el chillido de un gato. El supervisor va contra el portón y comienza a gritar “¡ABRANME LA PUERTA!”.

Lo único que se logra ver en la oscuridad es el brillo de los lentes de Harold Pérez Alfaro, producido por una extraña y débil luz roja, que sale de la parte de atrás del busto de Panelo que está dentro del misterioso escaparate.


Alrededor del busto de piedra negra, tallado de forma rudimentaria, se pueden observar restos de cera derretida de velas y velones de varios colores, flores marchitas y otros restos difíciles de describir, metidos en vasijas en un espacio debajo del busto. De pronto sendas lágrimas de un líquido negro brillante comienzan a brotar de los ojos del misterioso busto. El obrero ve todo aquello y siente una tercera presencia en el lugar.

-¡ÁBRANME LA PUERTA! ¡ÁAAABRANME LA PUERTA!- continúa gritando el trabajador.

-¡Cállate!- le exige Harold, del que solo se ven los vidrios de sus anteojos –compórtese como un hombre. Ya lo vi todo. Pero no es mal de morirse. Ya vamos a resolver este problemita. En la oscuridad se oye el chasquido de papeles que Harold saca, tal vez de sus bolsillos o de su cartera. Luego los dos lentes brillantes flotan hacia el fondo del salón. Se ve cuando la pantalla del teléfono digital se enciende -¿Cuál el número que marcaba Gonzalo Barrios?- murmura Harold –¡Aquí ta!- marca el número y se comienza a escuchar por unos altavoces, la voz de Harold en la línea:


-“SEÑORES EDECIO BRITO Y BRAULIO CAPOTE, favor presentarse en el Salón Tríptico, a la brevedad posible. EDECIO BRITO Y BRAULIO CAPOTE, Salón Triptico.

-¿Tenemos altavoces?- pregunta el supervisor sorprendido, sin quitarle el ojo al espantoso altar que continúa botando las lágrimas negras.


-Para que tú veas que uno aquí conoce secretos, que estos gamberros nunca lograron descubrir.

Pasados cinco minutos las puertas del salón se abren. El trabajador está sentado en el suelo y Harold parado a su lado con los brazos cruzados. La luz del patio ilumina a dos figuras que entran al salón. Son dos ancianos, uno de piel blanca y llena de canas, con un rastrillo en la mano y otro moreno, más alto, empujando una vieja carretilla de metal oxidado. Con marcado acento llanero, uno de ellos se dirige a Harold:

-Buenoj días señor Harold ¿Qué ze le ofrece?

-Mire maestro Brito, sáqueme esto de aquí con la carretilla y me lo tira allá en la esquina de Curamichate, que hay un contenedor para que se lo lleve el aseo.

-¿Con mueble y todo?



-¡Con mueble y todo! Y aquí tienen- Harold saca una moneda y se la da a al señor Brito. –Lo que sea que se vayan a comprar con eso, se lo toman después de las cinco.

-Como usté mande Jeñor, Grazias…- termina Brito, mientras el otro anciano silenciosamente saca un mecate de la carretilla, hace un nudo y luego de cerrar las puertas del escaparate, comienzan a atarlo. El supervisor temeroso ve todo aquello y sale discreta pero velozmente y Harold se despide de los dos personajes, no sin antes recordarles que la sesión está a punto de comenzar y para cuando eso ocurra, quiere ese mueble fuera del parlamento.

Toda la plana mayor del PUFS está conmocionada con el desalojo de los retratos de Panelo y el Bolivar homínido de Paneluá. Pero Carroñito y el #CapitánHallaca andan más locos aún, buscando a los dos ancianos y el escaparate.


Al no conseguirlos, Carroñito llega a la esquina de San Francisco, donde el colectivo financiado por el capitanejo y el alcalde “Perra Loca”, aguardan para agredir a los diputados lanzándloes productos que sus bolsillos no pueden pagar. Este se acerca al Pran (El Líder) y le pregunta:

-¡Mira! ¿Viste a dos viejos con una carretilla llevando un escaparate?- El Pran se encoge de hombros y no sabe que responder. Pero una señora gorda de baja estatura le responde:

-¡Yo los vi! Cogieron pa yá pa la Lecuna. No iban tan rápido, seguro los alcanza- Ante esa respuesta Carroñito da instrucciones a cuatro de motorizados, agentes del SIBOL para que detengan a los viejos herejes. Los ocho agentes, conductor y parrillero, pistola en mano, recorrieron la Avenida Lecuna desde la Avenida Baralt hasta la autopista. Uno de ellos llegó a pasar por Curamichate, justo cuando la compactadora del camión del aseo, trituraba el mueble y su contenido.


Los detalles de la sesión del nuevo parlamento ese día, no son importantes para este relato. Importante fue la respuesta del régimen ante el “sacrilegio”, empapelar la ciudad con fotos de Panelo y retratos del Bolívar cavernario. Todos los revolucionarios sintieron congoja por la afrenta del Presidente del Parlamento, menos Winton Vainilla, que se ganó el multimillonario contrato para imprimir las imágenes.


Al siguiente día de la “limpieza”, Hermes Rodríguez, con dos comisarios del SIBOL, se acercaron al departamento de Recursos Humanos de la Asamblea Nacional para pedir los expedientes de Edecio Brito y Braulio Capote:

-Buenos Días Marielena ¿Me tiene lo que le pedí por teléfono?

-Buenos días señor Hermes. Si señor aquí están los expedientes. Hice que usted viniera personalmente a buscarlos para que los vea, porque yo no quiero problemas, ni con usted ni con los jefes nuevos, ni con nadie. Yo soy aquí una empleada más.


-Caramba ¡Muy apolítica usted ahora! ¡No decía igual cuando nosotros éramos los jefes! Pa ver- Hermes comienza a revisar el expediente detenidamente, mientras la mujer espera.

-¿Pero qué guarandinga es esta?

-Sí señor. Lea Bien.

-¡No puede ser!

-Pues sí señor. El señor Brito murió en 1942 y el señor Capote en el 45. Eso sí, ellos nunca dejaron de venir a limpiar, recoger las hojas y regar las matas. A veces, hasta hacen café en el palacio, cuando la sesión dura hasta la madrugada. ¿Nunca se preguntó como el palacio estaba limpio cuando todos estaban de vacaciones? O ¿Por qué nadie los botó cuando la señora Ramos metió a toda su familia a trabajar aquí? Como son dos ancianos muy discretos, a nadie le importaba saber si estaban vivos, pero ahora que se hicieron famosos….


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Dedicado a la nueva Asamblea Nacional, elegida el 6 de Diciembre de 2015, con 112 Diputados de la unidad democrática.

Celebrando además el regreso de nuestros símbolos patrios a las instituciones.






La segúnda del temporada #ComandantePanelo no ha terminado. No te pierdas las series

Verde Maduro Podrido tercera temporada
 Verde Maduro Podrido primera temporada
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sábado, 18 de julio de 2015

CAPÍTULO 2.10: EL NEGRO Y LA LANZA


Por regla general la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.

Regla de la Transfusión, principio 10 de los 11 principios de la propaganda
Josephn Goebbels, ministro de propaganda Nazi.


Una docena de sacerdotes Umpalumpa recorre el campo de Carabobo entre cantos africanos, humo del tabaco y escupitajos de aguardiente. El grupo rodea a un viejo sacerdote con una horqueta de árbol tallada en la mano, apuntando el tallo en todas direcciones, como buscando algo.


Sucede que en su trance el hombre de la horqueta está viendo el pasado. Remontado al 24 de Junio de 1821, plena Batalla de Carabobo, el anciano busca un lugar en particular. El sacerdote apunta a la cima de una colina y el grupo se detiene. El hombre observa en su visión a un hombre negro en uniforme militar color rojo, a la usanza de la época, atravesado con una lanza en el pecho, conversando brevemente con dos hombres blancos a caballo. Ambos hombres a caballo se bajan rápidamente en ayuda del negro. Uno de ellos, el más delgado sostiene al negro, mientras el otro, más fornido, extrae la lanza, y el negro cae muerto. Los dos hombres suben al negro al uno de los caballos y piden ayuda. El sacerdote apunta hacia el lugar donde ocurrieron estas cosas.
Minutos más tarde, una mini excavadora toma muestras de tierra del lugar, que son examinadas con sumo cuidado por los Umpalumpas, en busca de un rastro, que les sirva para cumplir un encargo.
 

Los hombres han desenterrado lo que parece la vieja y corroída punta de una lanza.




El sol brilla intensamente y a medida que vamos ascendiendo llegamos al espacio, donde el sol es sólo una estrella más en el universo. Recorriendo el espacio sideral, entre las cientos de miles de constelaciones y galaxias, llegamos al punto donde se origina el universo. Al otro lado de ese punto de luz intensa, está el cielo.



Miles de millones de nubes que rodean a un sol desde el que reina Dios. Sobre todas esas nubes hay enormes ciudades hechas con edificios que desafían cualquier regla del mundo físico conocido por los seres vivos. Allí viven las almas que han sido recibidas en la gracia de Dios.

Como en el mundo de los vivos, estas almas van y vienen, trabajan o gozan, crean y aman. Es un mundo donde el mal, no existe y reina la paz y el orden en medio de una sana, pero desordenada libertad. Algunos llamarán este mundo, la Nueva Jerusalén, el Edén o simplemente El Paraíso.


Conforme nos alejamos de esa enorme ciudad de almas y ángeles, entramos en los vastos campos. Allí están los viñedos, los pastizales donde los pastores llevan rebaños de ovejas, los ganaderos sus vacas y están los cañaverales, en especial un cañaveral inmenso que ocupa una nube entera, y en medio de él una planta con tres torres que constantemente sueltan humo dorado, y una pequeña casa en el otro extremo.


En el patio trasero de la casa del cañaveral, hay una gran fiesta. Es 24 de Junio, el cumpleaños de San Juan. Cientos de personas en procesión llevan a San Juan mismo en hombros por todo el inmenso patio celestial, mientras un grupo de hombres negros, en su mayoría tocan el medio centenar de tambores.


El dueño de la plantación y anfitrión de la fiesta, vestido de elegante traje y sombrero beige, anima a los miles de invitados a bailar al ritmo de los tambores y pasa revista de cada uno de los grupos de tamboreros, hasta que se encuentra con una novedad. Uno de los tambores “culo e puya” es tocado por un grupo de japoneses.


-¿Y esto?

-Vinieron de un "conservatorio" en el cielo japonés- responde uno de los músicos.

-Sí yo sé. ¡Pero vamos a darles más Ron para que toquen con fuerza! jajajajaaaa

El anfitrión sonríe y continúa su camino.

No muy lejos de la algarabía se encuentra un centenar de mesas, donde los invitados pueden sentarse a conversar calmadamente, jugar juegos de mesa o degustar algún fino manjar. No se puede decir que se sientan a descansar porque, en el cielo nadie se cansa.

Se escucha el característico sonar de las piezas de dominó, que desconcentra a los ajedrecistas y jugadores de cartas. Son los principales invitados de la fiesta, los libertadores, los héroes de la batalla de Carabobo, que todos los 24 de Julio se reúnen en la Fiesta de San Juan que cada año, desde 1822 se celebra en esas tierras celestiales.


En una de las mesas está Simón Bolivar haciendo pareja de juego con una de las eminencias de la medicina venezolana, el rejuvenecido doctor Convit. Los contendores, Sucre y José María Vargas.


-¡No puedo creer todo lo que ocurre aquí en el cielo! Es casi como estar en la Tierra. Fiesta, Ron y ¡Dominó con los Libertadores!

-Yo tampoco puedo creer lo fatal que juegas Jacinto. Nos falta perder esta partida y estamos listos- protesta un angustiado Bolívar mientras los contendores ríen.

De pronto se escucha el griterío de la gente que lleva en hombros a San Juan. Resulta que el homenajeado ha pedido que el anfitrión sea llevado en hombros también. Los jugadores de todas las mesas, voltean la mirada.
-Definitivamente este hombre fue uno de los que cambió el cielo. Las fiestas de San Juan no eran así antes que él viniera al cielo.

-¿Cómo eran Bolívar?

-Me cuentan, porque este hombre vino al cielo antes que yo, que antes las fiestas de San Juan, eran muy solemnes. Un coro de ángeles entonaba cánticos gregorianos mientras repicaban campanas. Unas palabras de Cristo, otras de María y otras de Dios mismo, y ya. 


Llega este hombre en 1821, y con un nutrido grupo de negros hace, al ritmo de los tambores, que la fiesta de 1822, sea el espectáculo del año. Claro, hasta 1957, que Pedro infante se le adelanta a todos cantándole las mañanitas con su mariachi.

-Pero la mayor sorpresa para todos, fue encontrarnos a Pedro siendo un hombre tan próspero acá arriba- dice Sucre sorprendido.


-Jacinto, cuando yo llegué al cielo, recién salido de mi “juicio”… esto que ahora llaman la “caseta de inmigración”, me encontré en la calle, con una maleta y unos cuantos talentos en mis bolsillos. Y estaba Pedro allí, como esperándome. Estaba en una carreta de carga, muy bien arregladita, por cierto. Y me trajo hasta esta casa en mitad de esta plantación. Va a sonar muy feo y racista esto que voy a decir, pero hasta el momento que Pedro Camejo me dijo, “Mi General, Bienvenido a mi casa”, yo pensé que todo esto era de alguien más. 
Una plantación es lo último que desearía ver o tener, un hombre de su condición, después de muerto. Había un ruido molesto, del chocar de unas botellas en la batea de carga de la carreta. Quité la lona a ver que era. Eran estas botellas de Ron, con la cara del Negro Primero dibujada en la etiqueta. Todavía no lo puedo creer.

  
-Nadie lo puede creer. A mí todavía me cuesta creer que haya whisky aquí arriba y que lo consigas en bombonas de gas- responde Sucre alzando una pequeña bombona amarilla con la etiqueta de una reconocida marca de blended escocés.



-¿Por qué el whisky acá arriba viene así?- pregunta el Doctor Convit.

-Es el impuesto de los Ángeles. Ellos van y recogen de los vapores que despiden las barricas de whisky en los almacenes de Escocia, Japón y Estados Unidos- responde José María Vargas mientras se sirve una nube ámbar brillante del gas espirituoso.

-Todos los libertadores nos fuimos quedando perplejos en nuestra primera parada antes de encontrar acomodo en este nuevo mundo.


-Bolívar, hablando del Rey de Roma- señala Sucre al ver venir al Negro Primero hasta la mesa de los libertadores y los médicos.

-¿Cómo la están pasando?

Todos responden al Negro afirmativamente.

-Es un placer estar en este lugar tan maravilloso y este Ron es lo mejor que he probado en toda mi vida. Siempre pensé que en el cielo te daban un par de alas, un arpa y deambulabas por las nubes y todo aquello…


-Hubo un tiempo que era así. Pero en la medida que los hombres fuimos trayendo nuestros conocimientos y sueños, fuimos cambiando el cielo. Yo por ejemplo, cuando llegué acá lo primero que hice fue reunir un grupo grande de negros que venían conmigo y con los talentos que cargaba compramos esta nube y montamos esta plantación. Luego hice realidad el sueño que siempre tuve cuando era un peladito esclavo. Hacer Ron. Aprendí de los dueños de la plantación en la que crecí: “Pon el jugo de la caña; Calienta allí; dale con el fuelle al alambique; pon las especias; abre la válvula; pon la chuleta, deja gotear hasta que deje de ponerse verde…”. ¡Todo un arte! Además, yo sabía que acá arriba se bebía vino y whisky, el franciscano Trinidad me lo dijo antes de la batalla de las Queseras del Medio. No mintió. Entonces ¿Por qué no destilar Ron? Y el Cielo es maravilloso, puedes beberte una botella de estas y no te embriagas, y puedes montar una fábrica de lo que quieras y se da sin dificultad. Puedes elegir entre trabajar o deambular de nube en nube. Y si eliges trabajar, nunca te cansas, ni te molesta hacerlo.


Bolívar se siente incomodado y observa a Vargas con cierta angustia. El Negro Camejo sigue en su exposición sobre el apogeo de la revolución industrial, y como las máquinas hacían el trabajo de mil negros. Vargas le hace una seña a Bolívar y este interrumpe al Negro:

-¿Has visto las noticias de Venezuela?

-¡Oh claro! Son lamentables. Pero yo no leo noticieros, me entero por la gente que recojo en el aeropuerto y que invito a trabajar en mi empresa. Hasta me contaron de la brujería que piensan hacerme en el Panteón Nacional. Si eso es lo que querías contarme-, el Negro sonríe y saca de su bolsillo un tabaco que enciende con la luz del sol. Los hombres de la mesa están sorprendidos.


-No entiendo, como me costó tanto libertar ese país para que cayera en manos de una banda de criminales, irresponsables e ignorantes. Celebran la independencia que les dimos, aunque los cubanos, chinos y rusos, no entienden que estamos celebrando. Imagino que el 4 de julio harán un “sepelio simbólico de George Washington” para ver si los dólares aparecen en las arcas del Banco Central.
-¡I HEARD YOU BOLIVAR! ¡THATS WON’T WORK!- grita George Washington, desde otra mesa en la que juega poker con Thomas Jefferson, Benjamín Franklin, John Adams, Abraham Lincoln y John Kennedy.


-Que me hagan un ritual loco pensando que les voy a dar algo no es lo que me preocupa. Miles de admiradores en el mundo de los vivos vienen a mí a pedirme cosas: fuerza, protección, salud, etc. Sólo cumplo si Dios pone su sello en la solicitud. Como cualquier otro santo de por aquí. Pero en ese caso, ese ritual puede salirles muy mal. Porque a diferencia de usted, Mi General, ellos no tienen mis huesos, cosa que de por sí, sólo les garantizó la muerte a algunos de ellos, empezando por el que organizó todo eso. Lo que si tienen es la lanza con la que me mataron, y esa lancita tiene su historia, y no es muy buena.

-¿De qué hablas?- pregunta Bolívar.


-Antes de cada batalla yo leía el tabaco, como todos los demás negros, para ver cómo nos iba a ir, y qué era lo mejor que podíamos hacer para vencer. En la Batalla de Calabozo, el tabaco me dijo que si moría, cremaran mi cuerpo y echaran mis cenizas al río o al mar. A la Virgen de las aguas pues… desde entonces esa fue última voluntad.
-¿Y la lanza…?- Sucre hace una morisqueta extendiendo los brazos.

-Bueno, Mi General Sucre, cuando estaba construyendo  el primer alambique, en 1823 y que funcionó hasta 1900, que fue cuando construí la plantota aquella- Señala el Negro la enorme planta de 14 alamiques y tres chimeneas, -recorrí el cielo en busca de un herrero que trabajara el cobre. Entre los muchos que conseguí, conseguí uno que había sido herrero de los Realistas. Era un buen hombre y lo conocí de vista, en vida, cuando era esclavo. En una de las fiestas de San Juan, como esta, él me contó, que hizo cientos de lanzas lujosas para el uso exclusivo de José Tomás Boves.


Los hombres de la mesa de dominó comienzan a ponerse serios, en especial Bolívar.

-Eran lanzas con la punta muy afilada, muy pulidas, talladas con finos motivos de la época, calzadas firmemente en varas pulidas de ébano africano. Al morir Boves quién sabe cómo se repartieron esas lanzas, pero una de ellas fue la que me mató. Si esa es la reliquia con la que piensan hacer hechicería, en mi nombre, pueden hasta llevarse un susto.

Bolívar toma su celular y le advierte al Negro que va a hacer un par de llamadas.


El pánico se apodera de los alrededores del Panteón Nacional. Lo que se supone sería la celebración de un ritual parece estar saliéndose de control. De la puerta principal del Panteón sale una figura humanoide de casi tres metros de alto y que lleva arrastras a Nicodemo.

Es una noche ligeramente lluviosa, muchos de los que huyen de pánico resbalan en las escalinatas de mármol pulido.

-¡Aaaaa ja j aja jaaa! ¿Qué es todo esto?

-¡Señor! Mire yo nunca fui bueno en la escuela, pero, El Negro Primero, no era catire ¿Quién es usté?

-¡Soy BOVES!…. oves… oves… responde el enorme esperpento con voz y eco ensordecedor.

 Un grupo de soldados se acerca y le disparan a la enorme figura demoniaca. Pero este con un gesto de sus manos los arroja lejos, decenas de metros.

-¡NO ME DISPAREN ESTÚPIDOS! Me van a matáaaaa….- grita lloroso Nicodemo, mientras es arrastrado por el enorme hombre desaliñado y despelucado, fascinado por los edificios que lo rodean.

-¡RESPONDE!... onde… onde ¿Qué es todo esto?

-Es Venezuela, en el 2015…

-Ja j aja. Los Curas si hablaban paj#$% y que el mundo se iba a acabar en 1900 Ja Jaaaa. Pues ahora todo esto será miiiioooo…

-No, no ¡Yo soy el presidente legítimo! ¡Soy criollito! Y macho porque me gustan las mujeres…

-¡Cállate fantoche! Apenas consiga un machete te corto en dos.

Un relámpago hace ver una luz azul claro detrás de las dos figuras malignas. El paso de Boves es interrumpido por una pared invisible cuyo choque lo hace tambalear y soltar a Nicodemo. Boves se sacude y voltea. Son tres ángeles. Uno de ellos parado con el brazo derecho extendido, mostrando la palma de la mano en gesto de parada. Otro de ellos observa y el tercero marcha lentamente en dirección al Panteón abriéndose paso entre la multitud temerosa que huye.


El engendro alza su brazo derecho, amenazante, contra el ángel que lo detiene, pero el segundo ángel descubre sus ojos y dos rayos que salen de ellos desmaterializando el brazo de la entidad demoniaca. Boves no siente dolor pero si grita de ira.

Nicodemo se arrastra sin mirar atrás, hasta caer por una de las fosas de la biblioteca nacional.

El ángel que detiene con su palma extendida, abre sus dedos y lentamente, comenzando desde el dedo meñique, cierra el puño. La pared invisible que detenía a la entidad, arropa a Boves, aprisionando todas sus extremidades contra su cuerpo, doblando su cuello y desfigurando su rostro. Este ángel que aprisiona al demonio fugitivo, señala el piso con su índice izquierdo y comienza a darle vueltas a su brazo izquierdo como formando un pequeño círculo.

El piso alrededor del Boves contorsionado y cautivo, empieza a licuarse como si se tratase de concreto recién vaciado, y este comienza a hundirse como en arenas movedizas. Boves murmura y pega chillidos mientras se hunde. Cuando sólo se pueden observar algunos rulos de su horrorosa cabellera, el tercer ángel arroja en el pozo de concreto movedizo el ánfora donde estaba la reliquia maldita, que también se hunde.


De vuelta en el cielo:

-¿Por qué no nos contaste antes estas cosas?

-Mi General Sucre, ustedes nunca me preguntaron, y no leyeron la entrevista que me hizo Chivo Negro en la “La Buena Nueva” hace seis meses.

-Ah sí, unas chicas muy amables la entregan en la entrada de la destilería a los turistas- responde Convit, mientras saca un ejemplar, que es tomado leído con atención por Vargas y este comienza a leer.




-Chivo Negro le pregunta a Camejo “¿Qué opina usted del pasaje de Eduardo Blanco que en «Venezuela Heroica» dice que usted, herido de gravedad, compareció ante el general Páez y con voz desfalleciente le dijo: «Mi general, vengo a decirle adiós porque estoy muerto»? 

A lo que Camejo responde: “Como me morí, no pude contarle a Eduardo Blanco lo que pasó en realidad sino cuando me lo conseguí acá arriba.”


Estando en el campo de batalla, acababa yo de matar a dos realistas, a punta de machete. A uno le rajé la panza y a otro le corté la cabeza. Pero hacia mí, corrió un oficial a caballo, que me arrojó una lanza que me atravesó el pulmón derecho. Como el hombre vio que yo no caía, emprendió carrera hacia mí, espada en mano. Yo lo esperaba con mi machete, pero un disparo lo echó al piso.


Parado allí moribundo con mi machete alzado escuché la voz de mi General Páez:

-¡Negro! ¿Por qué no está combatiendo?

Y al voltear les dejé ver la lanza en mi pecho a mis generales Bolívar y Páez, que estaban en sus caballos; Bolivar con el cañón de su pistola humeante, y señalando la lanza en mi pecho con las palmas de mis manos les pregunté:

-¿ES EN SERIO? ¿Qué NO VEN?
 A lo que Páez respondió:

-Esa es una herida menor, ¡no seáis respondón ni quejumbroso!

Mi General Bolívar en cambio, preocupado por mí, bajó de su caballo de inmediato a la voz de “¡Por el amor de Dios! José Antonio”. Me sostuvo por la espalda para recostarme y Páez removió la lanza.

-¡Catire! ¡Que lanza tan lujosa!…- fueron mis últimas palabras hasta que me vino a buscar la carreta para traerme aquí.

-Sí, recuerdo todo aquello- responde Bolívar.

-¿Sabe señor Camejo? Con la tecnología médica de hoy y los primeros auxilios adecuados, usted se hubiese salvado. Lo que tenían era que poner un apósito en el área de la penetración, asegurarla con una venda y no remover la lanza hasta llegar con los cirujanos.

-¿Están Oyendo? ¡Me hubiese salvado!

-Con la tecnología militar de hoy, un soldado español te da una ráfaga de disparos con una HK-G36 y no te salva nadie. Así que no te emociones- finaliza el Mariscal Sucre, entre la mirada atónita del Negro Primero y los hombros encogidos de los legendarios médicos.

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Dedicado a Nuestros Libertadores.

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